domingo, 2 de febrero de 2014

Cuentos para no dormir.



Ese día había quedado con Rebeca y Jezabel para ir de compras al centro. Mel había quedado con Raúl para ir al cine. Mientras que nosotras íbamos a ir a cenar con Marcial y Robin. Como siempre, éste último quería invitar. Él era así de amable con todos.

Cuando caminábamos hacia Stradivarius y Pull&Bear vi a un chico que se parecía bastante a Aitor, pero cuando le vi girarse no se parecía en nada a él. Entramos en Stradivarius y yo me dirigí hacia los vestidos, eran lo que más me gustaba. Siempre que podía llevaba o falda o vestido, aunque los pitillo con camisetas sueltas también eran lo mío. Me compré dos vestidos, uno de ellos para noche vieja, de brillantes rojos.

Cuando salimos de la tienda me choqué contra alguien, por ir girada hablando con las chicas. Íbamos en dirección al Burger King que habían abierto recientemente en una calle cercana. Al girarme, era Aitor.

No pude evitar sonreír – Lo siento, Aitor, no iba mirando. Y, por cierto, gracias por haberme llevado el libro a casa.

-Yo no te he llevado nada, Thabata… Ni siquiera sabía que se te había caído.

Mis amigas miraban al joven de arriba abajo, estaba claro que las había gustado - ¿Por qué no te vienes con nosotras al Burger King? Por cierto, yo soy Jezabel, y ésta morena de aquí es Rebeca. Que ésta tonta nunca nos presenta.

-Claro, así os conozco bien – Sonrió, era deslumbrante.

Caminamos los cuatro, hablando de tonterías. Mis amigas se adelantaron y entonces yo le pregunté - ¿En serio tú no llevaste mi libro?

-Te lo juro, Thabata. Ni siquiera sé en dónde vives.

Ya llevábamos un rato en el Burger. Aitor había cogido como 10 hamburguesitas de un euro, Rebeca un King ahorro de barbacoa y Jez y yo un menú infantil. Siempre lo cogía para llevarle el muñeco a mi hermana, Margaret. Yo estaba pensativa, no sabía quién podría haber llevado mi libro. No es que mucha gente supiera en donde vivía. Y tampoco era tan popular en mi instituto para que la gente quisiera saberlo.

-Thabata, despierta – Dijo mi nuevo amigo, mientras me sonreía. Qué bien sonaba mi nombre en sus labios.

-Sólo estaba pensando en mis cosas…

-Una cosa, me ha dicho Robin por el whatsapp que si luego salimos un rato por el Divino – Habló, por primera vez en un rato, Rebeca.

-Uff… no creo que me dejen, ya sabes cómo es mi madre...-Dije angustiada, no quería parecer una niña de cinco años a quien no dejaban salir ni a la vuelta de la esquina.

- Bueno, entonces yo te llevaré a casa en mi coche –Dijo el moreno, sin apartar la mirada de mí.




-Y lo de la cena se ha cancelado… - Continuó hablando mi mejor amiga.

-Entonces si quieres… te acompaño a terminar de comprar cosas – Me dijo de nuevo el chico.

Miré a mis amigas, ellas me decían con la mirada que me fuera con él, aunque yo estaba muy nerviosa 
– E…est…está bien… – Ellas rieron a carcajadas.

-Entonces vamos – Dijo levantándose de la mesa y yendo a tirar lo que contenían las bandejas en el contenedor.

Rebeca y Jezabel me guiñaron un ojo y ésta última me dijo un ‘Pásatelo bien’.

Aitor y yo salimos del establecimiento, yo bastante nerviosa y él alegre, como siempre. Aunque hacía poco que le conocía, siempre parecía estar alegre. Nos dirigimos a Zara, era mi tienda favorita. Me compré unos shorts, unos pitillos vaquero gris, una falda estilo colegiala en color roja, un jersey en blanco y otro en rojo, y unas medias negras con dibujo que me encantaban. Cuándo íbamos a salir, vi un vestido precioso, color rojo, era elegante, pero no me quedaba más dinero - ¿Por qué no te lo pruebas? – Y así lo hice. Cuando salí, Aitor se quedó sin palabras.

Mis ojos verdes brillantes hacían un bonito conjunto con ese vestido rojo pasión. Mi pelo rubio, rizado y largo ondeaba por mi espalda, combinando todo como si de un ser perfecto se tratara – No tengo más dinero. Así que ya vendré otro día a comprarlo. No pasa nada – Volví a entrar al probador y me puse mi ropa – Venga, vamos.

Caminamos hacia donde estaba su coche, era un bmv x6 en color rojo. Me monté en el asiento del copiloto y me abroché el cinturón – Si quieres podemos quedar mañana por el barrio…

-Claro, ¿Por qué no? Además, ya es hora de que empiece a tener amigos por aquí – Sonrió, agradeciendo la invitación.

-¿No tienes ningún amigo aquí?

-No, todos piensan que soy un misterioso. En la uni me llevo bien con todos, pero no salimos por ningún lado como haría un grupo de amigos.

-Vaya… eso es horrible – Recordé los tiempos en los   que mis amigos sufrían por mí, cuando ni siquiera salía de casa, y la fuerte depresión me hacía faltar a clase constantemente. Aunque al final me esforcé y aprobé el curso. La muerte de mi padre me había hecho olvidarme de la gente de mi alrededor.

Aitor conducía muy bien, era divertido hablar con él. Igual que a mí, a él también le encantaban los poetas románticos como Bécquer, Espronceda…

Cuando llegamos a mi casa, dándole las indicaciones, al ir a bajarme del coche, me agarro de la mano y me dijo – Pregúntale a tu madre si puedes salir a dar una vuelta después de cenar, que volverás a casa a las doce – Asentí. La verdad es que sí que me apetecía.

Entré en casa y después de estar jugando con Margaret y con el muñeco del Burger King, mi madre nos llamó para cenar. Trotski, como siempre estaba deambulando bajo la mesa para ver si le dábamos algo de comer.

-Mamá, ¿Puedo salir luego hasta las doce?

Mi madre suspiró. No la gustaba que saliera mucho por si acaso me pasaba algo malo. Aunque sabía que ya tenía una edad y no me iba a pasar nada por salir un par de horas, así que asintió – Sí, pero por favor, ten el móvil en sonido. ¿Vas a necesitar dinero?

-No sé, pero a lo mejor vamos a tomar una Coca-Cola al bar.

Ella se sacó un billete de cinco euros, no me iba a hacer falta más. Y cuando terminé de cenar, salí corriendo cogiendo mi abrigo. Él aún estaba fuera- ¡Qué rápida!

Me monté en el coche y empezó a conducir, hasta llegar a una gran casa - ¡Qué bonita y qué grande!

-Es el fruto del duro trabajo de mis padres – Rió con levedad.

Aparcó el coche y nos bajamos de él, comenzando a caminar. Charlábamos animadamente, era muy divertido. Podíamos pasar horas hablando sin llegar a aburrirnos un solo momento. El chico me tomó la mano cuando entrábamos en unos jardines del barrio.

Un aire fuerte y frío nos envolvió. Aitor apretó mi mano con fuerza. Yo me moría de miedo y él intentaba calmarme. Oímos una risa fuerte. Era de mujer – Os he encontrado, ya os lo dije en su día…

-¿Quién eres? –Grité.

-Tu peor pesadilla –En ese momento un árbol cayó sobre mí, quedando sepultada bajo él.


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